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1月27日

Gracia

Existen. En cada esquina. En cada parque. En cada estación de tren. Se pasean por el mundo respirando deseos ajenos, haciendo trucos de magia con sus ojos, rozando a los demás con su aura para cambiarles la vida, quitándoles la respiración porque no saben lo que significa no respirar. Existen desde siempre. Y no hablo de dioses, demonios, sueños o amor. El mundo está repleto de gente así, pero ni ellos mismos se percatan de que forman parte de algo tan grande, tan necesario. Quizás sea el precio que se deba pagar por poseer un don tan especial: no saber que lo tienes. Qué tortura.

Y sí. El mundo está repleto de personas tocadas por la GRACIA. Personas elegidas para equilibrarlo o para desequilibrarlo todo, personas que dan sentido al sinsentido y que ofrecen caos a la perfección, personas que ordenan lo desordenado y desordenan lo ordenado, que ofrecen coherencia a las emociones y corazón a las razones. El mundo está lleno de personas caídas en gracia. Están por todas partes... Incluso las hay que se atreven a repartirla como si pudieran. Es lo peor de todo. Que hayas caído en gracia no significa que sea tuya, que puedas donarla a los que carecen de ella ni dejarla olvidada en la taquilla de una estación de autobuses. Te pertenece… pero es sólo para ti. Es exclusiva e intransferible. No es genética, ni contagiosa. Tiene más que ver con el espíritu y con esas cosas que no se pueden aprender…

Y es que, como dice una canción, la gracia se lleva la culpa y cubre la vergüenza, es una emoción que puede cambiar el mundo borrando lo que no es importante. La gracia hace soportable lo insoportable, colorea los días grises con una paleta de colores inolvidable, hace que las tormentas de verano sean como la ducha caliente del peor día de invierno.  La gracia encuentra esperanza en cualquier lugar, abriga con ropa cara a las emociones solitarias y siempre recuerda el nombre de las olvidadas.

La GRACIA encuentra belleza en las cosas horribles… En las cosas horribles.

Gracias… Gracia.
9月20日

Un banco en el parque

Parece mentira que a estas alturas, después de millones de años de historia, de evoluciones lentas y tortuosas, de guerras interminables sin ganadores confesables, de siglos de oro enriquecedores pero dolorosos, de renacimientos reveladores aunque redundantes, de revoluciones destructivas e imprescindibles y de mucho (aunque nunca suficiente) rock’n roll, aún no nos hayamos percatado de que eso a lo que llamamos “recuerdos” es, en muchos casos, una artimaña creada por nuestro subconsciente para tenernos atados a algo de lo que hace ya bastante tiempo que no disfrutamos y que, incluso, nos suele hacer sufrir por costumbre. No creo que estén de acuerdo conmigo, pero tengo la absurda teoría de que cada vez que nos ponemos a recordar algo es porque en el momento en que estamos recordándolo no somos tan felices como querríamos serlo. O al menos como recordamos que lo fuimos… Qué rápido olvidamos lo inolvidable cuando encontramos alternativas, ¿eh? Es así de duro. Cuando se está realmente completo, no nos hace falta el pasado para nada. 
 
El ser humano suele valorar estos hechos de forma muy dispar aunque, analizando el tema superficialmente (como siempre hago, aquí donde me ven soy una persona ocupada), existen dos grandes divisiones en la humanidad respecto a la forma de evaluar acontecimientos pasados: por un lado tenemos a los que achacan todos estos sucesos al destino, a la providencia o al buen hacer de Dios para colocar a cada uno en su sitio y, por otro lado, tenemos a los que simplemente creen que las cosas pasan porque sí y punto, sin intervención de nada ni de nadie. Mi padre siempre procuró enseñarme, y creo que con éxito, que las posturas referentes a cualquier tema no son blancas ni negras, sino que hay bastante terreno en degradado entre ambas zonas. Yo por mi cuenta llegué a la conclusión hace algunos años de que el radicalismo en cualquier campo o tema de conversación (sobretodo en política) hace que la persona pierda credibilidad y, lo que es peor, objetividad ante los sucesos que le rodean. Mi opinión hoy día parte de una idea muy básica, casi primitiva: No existen certezas de ningún tipo. Hay que aceptarlo todo.  Todo y nada a la vez. Hay que creerse todas las conjeturas que te cuenten pero sin convertir en dogma ninguna de ellas. Sinceramente pienso que ambas posturas son igual de necesarias: si eres de los primeros serás tildado de soñador, de no tener los pies en el suelo, de perder toda tu vida esperando un choque del destino que te coloque en la senda que realmente te lleve donde se supone que quieres llegar, y si eres de los segundos serás un soldado de la pragmática elevada a la máxima potencia con un futuro hipotecado por lo que decidiste cuando contabas con 16 añitos y no tenías ni puta idea de qué iba todo esto.
 
No sé qué pensarán, pero últimamente yo me inclino a creer que las cosas son lo que son y ocurren cuando ocurren, simplemente, y que el mayor don que tiene el ser humano, el único regalo innato que nos ha hecho sea quien sea el que nos haya puesto aquí, es poder adjetivar las cosas que nos ocurren dándole el tono que más nos convenga para alcanzar cierto nivel de auto aceptación que, aunque no lo parezca, es un logro bastante considerable. Y, aplicándome el cuento, señoras y señores, he decidido que, a partir de ahora, utilizaré este gran don en beneficio propio siendo yo el que tiña el color de las cosas que me pasan y no al revés. 
 
Y, para explicarles esto, les voy a hablar de mí. Sin paliativos, hipérboles ni parodias de ningún tipo. Sin metáforas ni cuentos absurdos. Voy a hablarles de mí desde la sinceridad más absoluta que conozco, esa que bulle de las entrañas sin pedir permiso. Les voy a contar algo que me ocurrió hace unos días y que me ha hecho pensar en todo esto:
 
Hoy he vuelto a pasar por allí. Por accidente. Lo prometo. Estaba divagando, pensando en mis cosas, paseando con los ojos cerrados y cuando me di cuenta, había llegado a un típico parque urbano. Pero no uno cualquiera, sino ese que, por mucho que intente separarlo de mi sensibilidad, forma parte de la historia de mi existencia sin que nadie le haya guardado un sitio. Seguro que conocen cientos parecidos: una pequeña plaza con una zona pobremente ajardinada y unos cuantos bancos de un metal horrible que la rodean otorgándole al conjunto un equilibrio bastante perfeccionable (y aburrido). La cuestión es que, en uno de esos grotescos bancos, he pasado varios de los mejores momentos de mi vida. En ese banco me he sentido deseado, comprendido, amado, eléctrico…, completo. En ese banco he aceptado el cielo como algo propio reservado sólo para mí, como una finca que había heredado de alguien que creía que yo era digno de poseerla. En ese banco he paseado atravesando galaxias de empatía hasta llegar al punto de no saber diferenciar las estrellas de sus ojos. Los de ella, claro. En él he sobrevolado, sonriendo pícaramente, ciudades de envidia que clamaban a gritos que se les devolviera su felicidad. Se habían despertado una mañana y ya no la tenían. Es lo que suele pasar cuando la has robado toda para ti y te entretienes fabricando un pastel de dimensiones gigantes para los dos únicos invitados a la fiesta… Y, aún así, de felicidad siempre te quedas con hambre, ¿verdad? 
 
Hoy, cuando por accidente he vuelto a pasar por ese parque y he mirado donde siempre miro, he descubierto, con la boca abierta, que el banco ha… desaparecido. Se lo han llevado. Lo han destrozado. Lo han robado. Yo que sé. Sólo quedan los tornillos que una vez lo ataron al suelo. Es demasiado extraño para ser cierto, pero todos los demás bancos siguen allí, en el mismo sitio, con el aspecto decadente de siempre. Sólo falta el que una vez fue mío. El que ya había aceptado como parte de mi esencia y de mis sueños. Es como si me hubieran arrancado parte de mi memoria. 
 
En ese momento, mi alma y mi mente, fundidos en un solo órgano sin nombre me gritaban sin darme un respiro que todo eso podía ser perfectamente una casualidad, que precisamente hacía unos días había pasado un camión y se había llevado por delante al banco en un accidente catastrófico que casi acaba con la vida del conductor, pero no era así. No lo era en absoluto. En ese momento de delirio emocional, yo sabía que todo eso era una advertencia con mayúsculas y con acento en todas las vocales. ÁD-VÉR-TÉN-CÍÁ. Era una bofetada que te despierta de una larga
hibernación, mitad sueño, mitad pesadilla. Ese banco/barco había partido del puerto y no iba volver, esa historia había acabado sin remedio. Ya era hora de dejarla atrás y pasar página. Ese hecho puntual, sin conexión alguna conmigo, mi cerebro acababa de transformarlo en una de las decisiones más importantes de mi vida. Acababa de decidir que yo sería el único que llenara los hechos de sentido, que yo sería el que aprovecharía las oportunidades, aunque esas oportunidades ni siquiera existieran. Sería capaz de pintar todo un accidente de esperanza si eso fuera lo que en ese momento me pidiera el cuerpo. Sería capaz de borrar señales fosforescentes procedentes del mismísimo Dios si eso fuera lo que me hiciera sonreír. Yo decidiría mi futuro, mis pasos, mis sueños, incluso mis errores. ¡Sí, joder, sólo tendré errores cuando necesite tenerlos! Y así, las últimas palabras
que recuerdo antes de que mi mente y mi alma se separaran para siempre fueron “Tendrás que buscarte otro banco, cariño”. Y yo, señoras y señores, encantado de la vida. 
 
Tiene su gracia, pero después de haberme quitado uno de los pesos más demoledores y desesperantes que me han perseguido durante el último año y medio, me puse a imaginar como, en un día no muy lejano, volvería a pasar por ese parque y ya no quedaría ni un solo banco. Ninguno. Y al poco tiempo, ya no quedaría ni el asqueroso jardín del centro y ese terreno pasaría a convertirse en una especie de zona cero sin alma ni memoria. Un agujero negro en el mapa, sin nombre ni dirección. Entonces, imaginé a miles de personas exhaustas, respirando un aire contaminado, caminando por las calles de una gran ciudad sin rumbo exacto con la única intención de encontrar algún sitio donde sentarse. Un sitio donde por fin dejaran de torturarse recordando algo que ya no existía puesto que, justo en el momento en que posaran sus lindos traseros sobre una superficie de metal fría y llena de agujeritos con formas ridículas, el pasado ya no les haría falta para nada. Ni para saber quienes eran. 


8月22日

Enamorar(se)

Hace unos días vi la luz. Desbordante, ardiente, brillante pero siniestra, destructiva pero clarificadora. Aquí donde me ven, con cara de no haber roto nunca un plato,  siempre he sido uno de ellos. Sé que no lo parecía pero, aunque no me enorgullezca de ello, es mi deber reconocerlo. Yo era uno de esos ilusos románticos que creían que esto de enamorarse era un proceso retorcido y casi inalcanzable donde tenían que darse múltiples conexiones emocionales, intelectuales, psicológicas, neuronales e incluso intestinales. Ja. No podía estar más equivocado. Eso lo pensaba antes, cuando era sólo un niño. Ahora, cuando la madurez aparece fulminante abofeteándote la cara, te percatas de que todo ese rollo de sentir algo por alguien es un proceso bastante sencillo que se da cada día varias veces e incluso simultáneamente y que, en la mayoría de los casos, sucede casi sin que nos demos cuenta. Es tan natural y típico como lavarse los dientes. Tras varios años de minuciosa investigación centrada en mí mismo, tomando una distancia prudencial para poder juzgar mis actos de manera objetiva, observé mis sensaciones detenidamente y, sobretodo, analicé mis reacciones ante lo que yo suponía un milagro irrepetible para terminar dándome cuenta de que el acto de enamorar o enamorarse es, simplemente, una exageración de la empatía hacia otra persona llevada al extremo, una hipérbole que roza lo idílico de lo que creemos que nos resulta agradable en otro ser humano (tanto física como psicológicamente) cuando entramos en contacto con su universo, lo cual termina dependiendo de tantos factores que si me pusiera a enumerarlos ahora jamás terminaría esta reflexión. Sé que puede resultar chocante para cualquier persona de a pie, pero piénselo un segundo, respiren hondo, y vuelvan a pensarlo: ENAMORARSE es una auténtica gilipollez, lo que acojona y resulta realmente complejo es eso del AMOR.
 
Venga. Les propongo una especie de experimento. Como soy la única persona a la que conozco (y no demasiado), voy a narrarles de la forma más científica posible mi actitud ante lo que yo supongo que es el enamoramiento, a ver si alguno de ustedes me ayuda a comprobar si mi comportamiento es el correcto ante este tipo de situaciones. ¿Están preparados?  A ver. Sé que me estoy enamorando:

• Cuando intento no decir nunca lo que pienso ni lo que siento, procurando parecer de hielo aunque mi fuego sea capaz de iluminar varios planetas.
• Cuando intento aparentar que miro con indiferencia aunque esté atravesando cuerpos celestes con mis ojos mientras siento el deseo tan próximo que la tentación me da risa.
• Cuando intento ponerme en su contra constantemente aunque sepa que todo lo que está diciendo son las tesis más indiscutibles de la historia de la humanidad, lo que provoca que mi hipocresía se levante por encima de mí preguntándome de mala manera que quién coño soy.
• Cuando acabo sintiendo vergüenza de mí mismo a los dos segundos de balbucear el comentario que creía más ingenioso de mi vida y al llegar a casa me maldigo recordando las veces que la he jodido por no escuchar más y hablar menos.
• Cuando intento imaginar kilómetros de distancia aunque sepa a ciencia cierta que el aire que ella respira me pertenece; que se encuentra tan cerca que incluso un abrazo sólo podría alejarme.
• Cuando intento parecerme lo menos posible a mí mismo aparentando que soy alguien al que deteste un poco menos, que tenga alguna posibilidad de resultar interesante y que, al mismo tiempo, no sienta ningún interés por cualquier cosa que ella tenga en su escala de valores.
• Y, finalmente, cuando intento desaparecer lo antes posible aunque todas las partes de mi cuerpo me estén pidiendo a gritos un segundo más a su lado.
 
La cultura popular lleva años enseñándonos que mi reacción antes los síntomas del enamoramiento es la correcta para conseguir que, en el momento en el que te enamoras, también enamores. Pero no sé. ¿Ustedes qué opinan? Tras pensarlo detenidamente, suelo acabar dudando si realmente es el mejor sistema… Es extraño, pero mi caprichosa conciencia siempre llega a la conclusión de que el único problema de toda esta puesta en escena es que, aunque las posibilidades sean mínimas, siempre confío en que a ella realmente termine importándole por encima de todo lo que sinceramente pienso, lo que intensamente siento, lo que fijamente miro… No sé. Quizás sea sólo un sueño, pero es posible que ella quiera que me quede a su lado para siempre porque sólo me ame a mí. Tal como soy. Tiene sentido, ¿no?
 
Sí. Claro. Una mierda.   

6月20日

Otro más

 
23 años. Su puta madre.
 
6月6日

El hombre en la caja

Aquí dentro no se ve nada. Nada de nada. Pero se siente todo. En las profundidades, donde no se diferencian las tinieblas grises que presagian el fin de una existencia de la luz esperanzadora que nos ofrece la mano de la salvación, uno aprende a guiarse por los instintos primitivos que nunca nos dijeron que poseíamos. Intuición depredadora. Sin saber dónde estás, de dónde vienes, ni el sentido de tus actos, aprendes a estar preparado para conseguir cualquier cosa que creas necesitar dejando pasar las demás por mucho que las desees. Eso es. Vives de lo que alimenta, no de lo que engorda. 

Aquí dentro no se ve nada. Nada de nada. Ni falta que hace. Has aprendido después de mucho tiempo que la falta de perspectiva te roba el futuro y elimina tus destructivas expectativas convirtiéndolas en los sueños de otro que ni siquiera conoces, que ni siquiera te importa. Has entendido que la falta de luces aniquila tu pasado transformando el recuerdo en indiferentes canciones de las que no entiendes la letra y cuya música ni siquiera puedes escuchar. Eso es. Eres tú, aquí y ahora.

Aquí dentro no se ve nada. Nada de nada. Estás aquí, solo, en medio de este lugar donde no ves fondo, forma, ni color. Respiras aliviado. Hace que te sientas a salvo que todo dependa de ti. Pero, justo en ese instante, algo ocurre. Estás horrorizado y tus rodillas comienzan a chocar entre sí con una precisión rítmica perfecta. No quieres hacerlo y un sonido de ultratumba te da la razón. Da demasiado miedo pero al levantar la mirada ves que una pequeña ventana que ni siquiera sabías que existía se abre en un techo que nunca creíste tan bajo, dejando penetrar un rayo de luz tan potente que no permite contemplar el exterior por mucho que lo intentes. Tu cara gira sobre sí misma y en tu expresión comienzan atisbarse miles de kilos de esperanza (sí, ésa de la que siempre has huido) y empiezas a soñar… A soñar con salir de este lugar de una vez, a soñar con tu preciosa vida de antes llena de pequeños sufrimientos que ahora echas de menos, a soñar con la compañía de tus ansiados amigos rodeados de olvidables conversaciones que nunca te interesaron y, porqué no, a soñar con el imaginado beso que ella nunca te dio cuando se fue sin despedirse. En ese momento, sonríes como hacía años que no lo hacías y te das cuenta de que todo lo que has aprendido durante estos meses de soledad, todas las teorías que has ido construyendo sobre las bases sólidas de una reflexión profunda han desaparecido. Te descubres a ti mismo como un ser ignorante e inocente en un mundo desconocido en el que ya no tienes ninguna práctica. Eso es. Todo lo que creías saber a ciencia cierta acaba de irse a la mierda.



1月3日

Cómo desmantelar una bomba atómica

Espero que no les importe, pero creo que hoy voy a homenajearme a mí mismo. Me ha dado por ahí. No sé. Soy tan iluso que creo que me lo merezco. Les explico: esta mañana, después de desayunar, he hecho un recuento y me he dado cuenta que ya tengo novecientas treinta y cuatro. ¡Casi mil!. No me digan que no es para estar orgulloso. Pocas veces pasan estas cosas en la vida. Y, además, escritas con diferentes sistemas, desde mecanografiadas con distintos colores hasta garabateadas con lápices sin punta, y en cualquier soporte imaginable, desde servilletas de papel arrugadas hasta trozos de aglomerado húmedo, e incluso algunas con forma de poema escritas con un permanente sobre trozos de mármol... Todas y cada una archivadas con rigor por fecha y temática. Amor, trabajo, futuro, necesidad, dependencia, destino, aburrimiento, desidia, etc. Ya lo sé. Todo son tonterías sin importancia, pero no me miren así. No sé porqué les extraña. ¿Qué esperaban de mí? ¿Qué cada vez que decidiera quitarme la vida y me partiera el cerebro redactando una nota de suicidio con un mínimo de coherencia, la tirara a la basura después de mirar hacia abajo y decidir que seguir sufriendo aún podía tener gracia? Parece que no me conocen. Algún día recopilaré las mejores y las publicaré en un bonito libro con la tapa rosa: “Ciento cincuenta notas de suicidio y una canción desesperada”.  

Revisitando viejos fantasmas, con el paso del tiempo, uno se da cuenta que leer estas simpáticas cartas es como comer distintas comidas con un mismo ingrediente que hace que todos los demás carezcan de importancia. Es como untar cualquier cosa con chocolate. Todo sabe a chocolate. No importa con lo que esté mezclado. Da igual. ¿Qué has comido hoy? Algo con chocolate. Siempre es el protagonista de cualquier desayuno, comida o cena. Es el más guapo y alto de todos los alimentos. Cuando está presente el chocolate, sólo le vemos a él.  El chocolate de mis notas de suicidio no es otro que el miedo. Todo está impregnado de él. Rebosante, desbordante, tanto que salpica a los demás si no metes los dedos con cuidado en el plato. Lo que ocurre es que nadie tiene gula de miedo, ¿o sí, masoquistas? Pues, señoras y señores, en mi vida todo está repleto de miedo. 

Miedo a decir lo que sientes por las catastróficas consecuencias que puede traer un momento de sinceridad y miedo a no decir lo que sientes por desaprovechar las oportunidades que se pasean frente a ti dándote bofetadas premonitorias.  Miedo a ser lo que eres y parecer lo que pareces por resultar asquerosamente evidente, ya saben que en el misterio está el éxito, y miedo a ser lo que no eres y parecer lo que no pareces por la imposibilidad de mantener la farsa durante mucho tiempo; si eres un perdedor que no quiere parecerlo, sólo serás un perdedor disfrazado.  Miedo a no dar un paso adelante por no confiar en lo que viene, que siempre crees que es un tren de alta velocidad con la cara de un velocirraptor cabreado, y miedo a no dar un paso atrás por creer que nada puede
ser tan horrible como lo vivido, que hasta el velocirraptor puede ser un consuelo. Entonces, ¿tu metro cuadrado es lo único que da confianza? Pues no.  Miedo a encontrarte a ti mismo por tener la sensación de que todo acaba ahí, en ese ideal tan idílico y sobrevalorado, y miedo a no encontrarte a ti mismo por hacer eterna esta búsqueda sin sentido.  Miedo a cambiar, por la posibilidad de convertirte en algo que detestas, y miedo a quedarte como estás, así, tan solo, tan perdido…  Miedo a seguir a tu corazón, porque sabes que tu corazón siempre se equivoca y miedo a no seguir a tu corazón, porque sientes que tu corazón nunca se equivoca.  Eso es. Miedo a todo… y miedo a nada. 

Seguro que más de uno lo habrá imaginado, pero para el menos perspicaz, sólo me queda decir que soy de esos típicos tíos que duerme con un ojo abierto y otro cerrado mientras con la mano derecha sujeta la ametralladora que tiene bajo la almohada. De esos que escuchan cualquier sonido en mitad de la noche y enciende las luces de todo el vecindario gritando que algo no va bien, que todos vamos a morir, que el fin del mundo se acerca. Seguro que conocen a más de uno así. Pero déjenme que les diga que todo ese espectáculo es sólo consecuencia del terror que se siente ante lo desconocido. Como nos pasa a todos, joder. Terror a pequeños ruidos en la habitación de al lado, a las llamadas telefónicas inesperadas, a las noticias imprevistas, a los dolores sin sentido que te atraviesan el cuerpo, y, por encima de todo, a las bombas. Sí, sí. Ésas. Las que explotan, ya sean atómicas, nucleares o petardos con doble carga de pólvora. 
 
Les parecerá una tontería, pero es en esos momentos, cuando crees haber oído algo parecido al típico y nauseabundo tictac de un reloj o una siniestra mecha prendiéndose de forma atronadora en tus oídos, en los que hay que mantener la calma, respirar hondo como si fueras a bucear en el océano, coger la máscara de oxígeno para no inhalar un posible gas tóxico y bajar, seis plantas más abajo, a 20 metros de la superficie, a tu secreto e inmaculado refugio antibombas, equipado con la más moderna tecnología de supervivencia que te ha llevado construir toda una vida y en el que has introducido una cantidad de comida tan desproporcionada que te hará sobrevivir hasta el final de los tiempos. Teniendo en cuenta las circunstancias, parece esperanzador, ¿no? Es posible, pero lo peor de todo es que nada de esto te hace sentirte a salvo. En absoluto. Estás cagado hasta las trancas porque no dejas de pensar ni sólo segundo que para qué coño quieres un refugio antibombas con paredes de plomo de un par de metros de grosor y dos mil kilos de café de Colombia si sabes a ciencia cierta, como nunca has sabido nada en tu vida, que la bomba, sí, ésa que tanto acojona, está en el interior, entre estas mismas cuatro paredes, encima justamente sobre tu cabeza. Tres, dos, uno… 




12月30日

"Estoy enfermo y enamorado"

Siempre me grito a mí mismo en el más absoluto silencio que todo esto sólo son sensaciones, que nada es real, que no hay nada en el mundo que pueda cambiarme los órganos de sitio. Os lo aseguro, nunca es un buen trato poner el cerebro junto al estómago mientras los intestinos juguetean con tu cráneo. Sí, es una certeza; sales perdiendo aunque sientas agradables e intrigantes cosquillas. Joder, que no. Que la presencia de alguien no puede hacer girar mis intenciones como una rueda pinchada y, mucho menos, provocar que haga justamente lo contrario de lo que tenía previsto. No tiene ningún sentido que su desenfocada silueta me anule el criterio; y menos a mí, que jamás he creído en el cambio de actitud, sino más bien, en el cambio de intereses. Pero es que, aunque no me crean, aquí no existen intereses de ningún tipo. Yo no los conozco. Jamás he oído hablar de ellos. 
 
“Estoy enfermo y enamorado”. Este demoledor conjunto de palabras ordenado siniestramente lo grita a bocajarro el ex-niño prodigio Donnie Smith (interpretado por William H. Macy) en “Magnolia” de Paul Thomas Anderson, película que deberían ver todos aquellos que se buscan a sí mismos en el carro de las víctimas para que aprendan una de esas lecciones que intenta enseñarnos inútilmente la vida de forma escalofriante, que no existe víctima que antes no haya sido verdugo (o viceversa).
 
A ver. Sean sinceros. ¿No es el paralelismo más real y siniestro que hayan oído nunca? A mí me da escalofríos con sólo pensarlo. 
 
Enfermedad = Amor
 
Dios mío, es demasiado brutal para ponerse a analizarlo fríamente, como si no nos afectara y, por esa razón, hay que acudir a las herramientas más o menos científicas que tengamos a mano, para introducir distancia entre nosotros y el objeto de análisis. Aunque parezca un tópico, jode menos. Según un diccionario viejo y gastado que se apoya en mi estantería desde hace años, la enfermedad es un conjunto de signos y síntomas que proceden  de una causa específica de origen no siempre conocido y que provocan una alteración más o menos grave de la salud. Dios Santo. Está clarísimo, ¿no? Yo definiría lo que siento en este instante con esas mismas palabras. Evidentemente, no voy a leer la definición que viene en el diccionario de “amor”. Es demasiado ridículo incluso para alguien como yo, y, además, conociendo el morbo que siente todo ser humano por lo deliberadamente omitido, todos y cada uno de vosotros estaréis en este preciso instante usando por primera vez el diccionario en siglos, aunque luego lo neguéis enérgicamente e incluso me
llaméis iluso por siquiera comentarlo. 
 
Siguiendo con el cuento, recuerdo como una amiga estudiante de medicina (seguro que sabes quien eres) me explicó que todas y cada una de las emociones, incluso esas que perduran como recuerdos imborrables, provienen de actividades neuronales que se dan en una parte del cerebro o algo así. En ese momento, empecé a cantar pataleando con los ojos cerrados. Daba miedo. La teoría era demasiado triste para que no tuviera sentido. Aunque se tenga razón, volverse científico en estos casos es como autoproclamarse de piedra. No sé qué pensarán ustedes, pero prefiero creer que aún existe algo de magia en este sintético mundo, que siguen existiendo actividades inexplicables que se nos escapan de las manos y que las miradas en la distancia, de esas que cambian el curso de una vida, no son simples conexiones neuronales empáticas provocadas por la educación que nos da la sociedad en la que vivimos. A todo esto se le llama tener falsas esperanzas. Aconsejo tener varias. 
 
Sinceramente, reconozco que soy de esos que confunden ambas cosas. Me siento enfermo cuando me enamoro. Los síntomas (vacío, impotencia, incapacidad, etc.) se apoderan de mí y me transforman en un ser agobiante y egocentrista, en alguien manipulable que pretende manipular, en una persona que sólo intenta impresionar con lo que le impresiona a sí misma. Sí. Ya sé. Ahora mismo estoy ejerciendo de todo eso. Está claro que estoy jodidamente enfermo, ¿no? Lo sé. Soy un enfermo terminal y estoy absolutamente enamorado; soy de esos que ahondan en su propio mal sin piedad buscando puntos muertos que le liquiden; un hipocondríaco mal situado que sólo siente alivio con una mirada a destiempo, con un mensaje tardío, con unas palabras impersonales o con un gesto lejano que justificar durante horas; un tirano de sí mismo que sólo tiene espacio en su cerebro para su pesar y que huye tanto como desea el medicamento que le libre del dolor que le persigue.
 
Pero, bueno, señoras y señores, tampoco es para tanto. ¿Qué quieren que les diga? Al final, todo se vuelve asquerosamente científico y, con claridad matemática, puedo afirmar a voces e incluso grabarlo en piedra que, como toda enfermedad, ésta sólo tiene posibilidades de desaparecer con el único antídoto conocido: su mirada constante y atenta, su caricia siempre precisa dibujando sin tinta sobre su piel, su voz decorada con el sonido de los tiempos. 
 
Aunque, cuidado, nunca se está del todo a salvo. En cualquier momento, y sin avisar, puede volver a desarrollarse la enfermedad con la misma potencia. El cuerpo humano nunca aprende. No hay ultracuerpos para esta mierda y la única vacuna que conozco es la muerte. 

11月1日

El Día de la Marmota

Hoy es de esos días en el que todas las canciones tratan de mí. Me dibujan, me analizan y conocen desde la uña del primer dedo del pie hasta la última cana de mi triste cabellera. Gracias a ellas, hoy me conozco un poco mejor pero eso no me hace ser más dueño de mis emociones, eso no me hace controlarlas para poder apagarlas cuando estén a punto de desbordarse, sino que me hace consciente de sus movimientos y, por tanto, tenerles un miedo atroz durante cada hora de mi vida, aunque estén agazapadas bajo arbustos de marihuana. 

Hoy también es un día de confesiones. De reencuentros y reintentos. Hoy es el día del recuento final. Del resumen objetivo. Hoy es el día elegido para recordar esquemáticamente lo aprendido para evitar volver a caer en errores pasados. Sí, exactamente. Hoy es el día en el que dormiré más horas del año. Todas las posibles. No se les ocurra despertarme. 
 
Hoy es un día especial. He decidido que voy a soñar, aunque aún no sé el qué. Teniendo en cuenta que va a ser el sueño más largo de toda mi vida, debería elegirlo bien, ¿no les parece? Me apetece tener una pesadilla que me desangre y me provoque un paro cardiaco de varios segundos y, así, cuando me despierte en un hospital rodeado de tubos transparentes y asediado por decenas de ojos que no parpadean hasta la vergüenza más acomplejada, percatarme como por arte de magia que todos los problemas infinitos que me rodeaban y no me dejaban vivir son absolutas gilipolleces de dimensiones ridículas. 
 
Hoy sé a ciencia cierta que  nada de esto funcionará. Los problemas no desaparecen, sólo cambian de nombre. Ya saben, van al registro civil y, con una sonrisa de oreja a oreja, solicitan el cambio de identidad: “Desengaño amoroso” por “Infarto de miocardio”. Sinceramente, tal día como hoy, prefiero el segundo…, es más esperanzador. 
 
HOY sé que habrá un MAÑANA. Lo sé. Lo que ocurre es que no lo veo por ninguna parte. Las horas pasan, las noches y los días
se suceden, pero nunca llega. Se resiste mientras yo vivo atrapado en un momento del que no puedo escapar. No sé lo que
pensarán ustedes, pero creo que me tocará vivir para siempre en un día como HOY. 
 

5月26日

Un hombre y una mujer

Si tuviera que buscarle ventajas a las gigantescas aglomeraciones de masa humana que se reúnen en cualquier lugar, sea el que sea, en el que ocurra algo, sea lo que sea, sin tener en cuenta el interés, lo especial o la calidad del acto, las pasaría canutas para encontrar alguna.

 

Lo paso fatal en los momentos previos, antes de que todo comience. Empujones sin raíz. Pisotones con tacones punzantes. Violencia reprimida a punto de estallar. Batallas sin bandos definidos. Insultos desproporcionados. Robos sin materia. Olor a fuego extraído directamente del infierno. Conversaciones que reducen la cantidad de leucocitos en la sangre. Suena horrible, ¿verdad? Pues, aunque les parezca enfermizo, y sabiendo de antemano todos estos inconvenientes de los que jamás nos desharemos, siempre disfruto de esos momentos mientras suceden. ¿Por qué? Porque siempre queda algo de magia en un bosque grasiento. Porque hasta en la peor de las batallas siempre queda una cama para soñar. Y es que la búsqueda de lo auténtico no parte de algo concreto, sino de un momento indeterminado, de un giro inesperado, de una sensación compartida con alguien que no conoces. Pero, aún así, siempre lloro esos momentos cuando pasan de largo. Acostumbran a resonar sin eco como oportunidades perdidas. Ya saben, las cosas que merecen la pena siempre te abofetean para avisar que se van para siempre…

 

Sean sinceros, ¿nunca han tenido la sensación de que una de esas miles de personas que les secundan en esos momentos puede ser la mujer o el hombre que necesitan para ser felices, o al menos, para intentarlo? Ciertos momentos en la vida de una persona se vuelven especiales y únicos gracias a sensaciones de este tipo. Es decir, estoy completamente seguro de que la mayoría de la gente sería incapaz de recordar instantes concretos de su vida con detalle si no fuera por las emociones que le produjeron esos momentos. Por ejemplo, para mí, el concierto de los Chanclas de hace 8 años, siempre será el concierto en el que una chica desconocida a la que nunca pude ver la cara, depositaba sus manos en mis hombros de una forma tan sutil, y a la vez tan potente, que nunca supe qué canciones tocaron esa noche porque ella me robó toda mi atención; mientras que el discurrir del enorme cortejo de la hermandad de la Estrella por la calle San Jacinto (Sevilla), siempre irá unido a un olor disparado desde mi derecha que hizo que sus 2000 penitentes pasaran en un suspiro y provocó que soñara con la portadora de esa esencia durantes varias noches consecutivas. ¿Me entienden?

 

Lo que quiero decirles es que, los recuerdos, más que fotografías en nuestra mente, son emociones clasificadas para trasladarnos a los momentos en los que se produjeron.

 

Pero bueno, todo esto os lo cuento porque, la pasada noche, estaba completamente seguro de que añadiría una emoción más a mi lista de recuerdos que señalara a un aburrido concierto de una banda de música que interpretaba zarzuelas sin sentido narrativo, estético, ni musical, como uno de los grandes momentos de mi vida; uno de esos en el que la música olvidable, el típico lugar de siempre, la mirada asesina del hombre trajeado, el pisotón de la señora corpulenta y los solitarios ojos azules del señor que rozaba el centenario formarían parte de esa emoción inolvidable que se acercaba.

 

Es curioso como, cuando tienes la certeza de que alguien deseado tiene que aparecer, todo lo demás deja de tener trascendencia, importancia, e incluso presencia. Nada preocupa y la relatividad de las cosas hace de ese momento su punto culminante. Te da absolutamente igual los temas que estén tocando, cómo los estén tocando, quién los esté cantando, los aplausos sin valor que exprimes a destiempo y la continua molestia para la gente de detrás porque te giras cada doce segundos buscando algo que ellos no pueden entender. Es extraño pero, en esa espera, hasta el aburrimiento se vuelve agobiante e intensamente emocionante. Las piernas tiemblan y todo depende de una casualidad tan deseada como temida.

 

Pero, después de todo, la noche en la que la banda interpretaba anodinas melodías sin ton ni son en una decorada plaza del centro de la ciudad, siempre será, para mí, la noche en la que, por unos metros, no conocí a alguien a quien deseaba conocer, y, porque las decepciones siempre se miden dependiendo de lo cerca que estuvieron de resultar exitosas, ésta será la catastrófica noche en la que sólo pensé en la distancia que me separó de esa persona, en los pocos metros repletos de gente que nos alejaban, en los pasos contados con los dedos de una mano que nos distanciaron. Esta noche será recordada para siempre como la noche en la que me percaté de que, a veces, el bosque no nos deja ver nuestro árbol, y en la que pensé por primera vez en la misteriosa distancia entre un hombre y una mujer.

 

5月20日

Autobombo inútil

Pensando en la utilidad de estos espacios, blogs, o como quieran llamarlos, llegué a la conclusión de que, como en el cine europeo actual, aquí lo que nos va es el autobombo justificado y la vacilada permitida, las flores pegadas al cuerpo mientras saludamos girando nuestras muñecas en un movimiento circular perfecto. Ya saben a lo que me refiero..., poner fotos de nuestros pechos desarrollados y nuestros abdominales cuadriculados, acompañados por nuestra encantadora novia en un paisaje rocoso; comentar con emoción películas de arte y ensayo que nos aburren u opinar sobre libros imprescindibles que leímos durante dos años y de los que sólo recordamos la sinopsis (y todos y cada uno de sus tópicos).

 

Aún así, no podemos olvidar lo principal: escribir nuestras cosas con una megalomanía simulada y cansina que no deja de tener algo de íntimo e inimitable. En cierta manera, nos gusta quedar bien, nos gusta parecer sensibles más que serlo y, como estamos en nuestro terreno, lo aprovechamos con una sonrisa.

 

Y, bueno, como ahora estoy en mi estadio y ustedes son mi público, voy a aprovechar el momento para aburriros soberanamente y, de camino, subir tres o cuatro escalones hacia la meseta del ombliguismo. Sí, eso es. Justamente lo que suele pasar en el cine que se hace ahora en el viejo continente.

 

http://www.scoremagacine.com/Estudios.php?Codigo=16

 

Espero que simulen que disfrutan mientras se aburren o, por el contrario, se aburran mientras simulan que disfrutan. Sí, joder. ¡Exactamente lo que pasa en el cine europeo!

 

5月18日

Estrellita

“Sólo imagino cómo mirarás,

desde arriba, sabiendo que vuelas,

Sé que sólo tú me puedes iluminar.

Sí, eres una estrella”

 

Estoy absolutamente seguro de que no sorprenderé a ninguna fémina, y mucho menos lograré escandalizarla, si ahora, por exigencias del guión, me pongo a revelar las conversaciones que suelen tener dos (tres, cuatro, quince, trescientos ochenta y nueve…) hombres en cualquier sitio, a cualquier hora, obviando su peinado y su forma de vestir. Bueno (suspiro profundo), espero que lo que voy a decir ahora no les cause ningún trauma. No quiero cargar en mi ausente conciencia con el suicidio de nadie. ¿Están preparados? A ver…, los hombres, por regla general, en cualquier sitio, a cualquier hora, obviando su peinado y su forma de vestir, hablamos sólo y exclusivamente de… mujeres. Si, ya ven. Es así de retorcido, pero todo parte de una ley no escrita que nos obliga a mantener conversaciones sobre este tema sin descanso mientras miramos a su alrededor constantemente de forma aleatoria. Para que vean que investigo (y practico), voy a concretarles aún más: varios hombres juntos hablan, en un 90% de las ocasiones, de chicas prototipo, de modelos a seguir, de las mujeres de sus sueños de una forma tan real y concreta que, evidentemente, todo esto se convierte en la primera prueba de que sólo existen en sus lindos y soñadores cerebros.

 

Venga, anímense. Los señores que lean estas líneas, que levanten la mano y participen en clase, que les subo un punto en Junio. ¿Quién no ha oído esa pregunta cuya respuesta está preparada desde que cumplimos 10 años? Ya saben a cuál me refiero: ¿A ti cómo te gustan? La respuesta prefabricada, recitada de memoria a una velocidad de vértigo y derivada de estudios empíricos que han ido pasando de generación en generación, nos lleva a escuchar siempre los mismos adjetivos sustantivados que tan poco definen a una persona: morena, ojos azules, pelo rizado y largo hasta un culo impresionante, tetas gordas, etc. Y, al final, como el que no quiere la cosa, siempre sueltan… “y si tiene billetes, MEJOR”. Es tan triste que apenas puedo respirar.

 

Si les digo la verdad, yo nunca he sabido responder a esa pregunta con la claridad e inmediatez con la que los demás lo hacían, lo que provocaba que me ganara unas miradas, cuanto menos, extrañadas y dubitativas. Pero eso ya pasó, señoras y señores. Uno evoluciona y, con el tiempo, aprende a esquivar algunas situaciones comprometidas. Para ello, me he montado una respuesta en la que creo firmemente y que suele dejar a todo el mundo en silencio, sumidos en la confusión y pensando realmente en lo que he querido decir. Presten atención: ¿A ti cómo te gustan las mujeres? ¿A mí? A mí me gustan las que salen mal en las fotos. Lo sé, es incomprensible.

 

Les voy a poner un ejemplo muy sencillo para que me entiendan y no me griten por la calle. Imaginen que se enamoran locamente de una persona, que van al cine con ella, que le cogen la mano y hacen todas esas cosas que nos juramos a nosotros mismos que nunca haremos por principios, pero que al final acabamos haciendo precisamente por eso, por principios.  ¿Me siguen? Venga. Ahora imaginen (aunque les joda, ¿eh?) que se separan sin remedio por la razón que sea y lo único que les queda de ella es una serie de fotos en diferentes lugares que, sí, le despertarán miles de recuerdos, pero cuando todo eso se agote y miren las fotos de verdad, terminarán pensando: ésta no es ella. Realmente lo es, está claro, pero no. Algo falla. Es ella, es preciosa, pero no está ahí.

 

Sí, señoras y señores, a mí me gustan las mujeres que salen incompletas en las fotos, que no se puedan definir de arriba abajo siguiendo un patrón arcaico y mascado, que no sean una sucesión de partes inconexas, sino que cada pequeño gesto contagie a todo lo demás de forma imprescindible.

 

¿Que por qué les cuento esto? Porque todo lo que siento ahora partió de una foto de un par de centímetros cuadrados. Y sé que puede resultar tópico, pero ella es mucho más que su lindísima cara en una habitación a media luz, que sus legibles ojos claros proyectando esperanzas, que su sensible piel resbalando sobre sus huesos, que su pelo alegremente desordenado como las flores de un jardín silvestre. Ella es mucho más que una simple imagen fija con una cortina detrás. Ella llega mucho más lejos de lo que el objetivo de una cámara jamás podrá alcanzar. Su belleza está en su movimiento, en lo oportuno de sus pasos, en lo sereno de sus palabras, en la dulzura de sus caricias desde la distancia. Ella es su mirada inocente y transparente sea la hora que sea. Ella es su sonrisa en el momento justo, cuando sin pedirla, la ansías. Ella es su beso a destiempo, cuando ya no te lo esperas; es una canción tarareada que compartir susurrándola, aunque no te sepas la letra; es su sorpresa cuando te dice que fabricas algo que le emociona; es la revelación de un alma dispuesta a mantenerse cerrada por mucho que llamen a su puerta; es sus costumbres, sus pequeñas cosas, sus grandes momentos. Es su lógico silencio. Ella es todo lo que soy y todo lo que hago. Ella es la luz que apago por las noches y me despierta por las mañanas.

 

Ella es una estrella

 

5月13日

Soy educación y vergüenza

O sea, un hipócrita, ¿no? Aunque sólo me guste serlo por el simple hecho de resultar cruel, e incluso arrogante, la osadía de autoproclamarme como tal, es una forma de vida de la que ansío huir desesperadamente e incluso sin tener otro lugar en el que refugiarme. Prefiero la intemperie seca y fría. Prefiero congelarme entre algodones punzantes mientras hago mis necesidades sobre la tierra. Prefiero drogarme con el capuchón de un boli lamido y masticado mientras cientos de personas me miran desde el exterior del escaparate. Así de claro.

 

Ése es mi sueño. Quiero ser un mal educado y un desvergonzado. Quiero utilizar el lenguaje culto mientras hablo de pornografía dura y sadomasoquismo salvaje. No me mientan. Sé que ustedes también. Y, aunque parezca contradictorio, digno de una mente enajenada, es de una lógica transparente que nuestro único objetivo real en esta larga vida sea dejar atrás todo lo que hemos aprendido desde niños, todas esas conductas respetuosas que nos fracturan como seres humanos porque nos cohíben y terminan convirtiéndose en nuestros falsos principios. Principios que no nos dejan demostrar lo que sentimos, y si no nos dejan demostrarlo, dejamos incluso de sentirlo, porque ya saben, eso será lo único que nos quede en el día del juicio final. El día en el que lleguen los terminators con sus ametralladoras láser, sus miradas infrarrojas y sus tanques de combate voladores, nosotros ya seremos máquinas perfiladas para no decir nada que se salga del tono y eso, señores, desembocará en una batalla bastante aburrida. De todas formas, no sólo es hipócrita el que no dice, sino también el que no escucha.

 

Les ruego que piensen en cualquier situación cotidiana que sufran a diario en la que no se hayan sentido amputados por no decir lo que se les cruzaba por la cabeza en el momento en el que simplemente "ocurría". Si, ya, me conozco ése. Su novia le preguntó si quería que le comiese el miembro y usted respondió, mirando a las estrellas, que sólo se sentiría bien si a ella le apetecía. Ya, claro. Ella al final acabó comiéndose el de su vecino que sabe leer de milagro, no sin problemas, mientras usted, licenciado en química, seguía mirando a las estrellas creyéndose un caballero melancólico a la vez que con su mano derecha hacía gestos repetitivos y cansados sobre su entrepierna. Ya. Yo tampoco conozco a nadie que, estando solo, no sea un mal educado hijo de puta y un cabrón sin vergüenza. Así, cualquiera.

 

Definitivamente, odio lo oficial. Odio los “buenos días”. Odio las coletillas de cortesía. Abrázame o mátame. Sé entusiasta o tírame una piedra desde la acera de enfrente, pero no me saludes con lo mejor de tu repertorio para luego no recordar mi nombre. Llora  o ríe a carcajadas, pero no me des una sonrisa prediseñada que ya estaba en cualquier pintura rupestre. Dame media sonrisa enseñándome tímidamente los dientes, y que eso se te note en los ojos, o deja de prestarme dinero pisándome con tus botas negras y clavándome el machete de tu hermano en el costado. Cuéntame algo. Súbeme al cielo o acribíllame en el infierno pero, hostias, ¡¡HAZME SENTIR ALGO!!

 

Pero bah, no me presten demasiada atención. Si tienen dos dedos de frente, sabrán que la hipocresía es tan fundamental como el agua potable y la sinceridad es un bien que mientras menos aparezca más engañados y tranquilos viviremos. Eso es, la paz en una mentira mundialmente deseada por casi todos y el caos, señoras y señores, no tiene nada de pacífico, aunque sí algo de divertido…, pero no lo suficiente.

 

Bueno, si me lo permiten, y si no lo hacen, váyanse al carajo (ventajas de ser un mal educado sin vergüenza), y para terminar de reventar la paradoja, sólo me queda  decir que la virtud de ser un mal educado y un desvergonzado sólo debería estar permitida para personas responsables y sabias. Personas que sepan utilizar ese poder de forma consecuente. Ya saben, personas como yo. 

 

Y como ya he adoptado esta pose ante la vida, y para que vean que no les fallo, les voy a contar algo que normalmente no les contaría, algo que les sonará inútilmente infantil, una historia vista sin la mirada perversa de un adulto bien formado, una historia de amor para cagados que se amparan en la constitución no escrita de la vergüenza ajena y la negación absoluta como sistema impuesto e irremplazable. En definitiva, una historia de mierda:

 

Me incorporé tarde a un aplauso creciente. Y, evidentemente, me quedé solo al final del mismo porque era el último de la sala. Varias miradas de desaprobación, como si ellos no hubieran formado parte de la masa ruidosa que segundos antes había parado de hacer la pelota descaradamente. Si no están de acuerdo con lo que ha dicho el señor ese del micro, no le animen a que siga. Aún así, si ella aplaudió, yo no tenía más remedio que seguirla. Estaba un metro por delante mía, y podía olerla con tanta intensidad que me atragantaba en cada inspiración, como si el olor me entrase por la garganta y tuviera que engullirlo obligatoriamente. Es de los escasos momentos en los que la obligación y la devoción van cogidas de la mano.

 

Estábamos en la presentación de nosequé en nosequé lugar, hablaba un tipo que no había visto en mi vida y decía cosas que… no sé lo que decía, la verdad. Ella parecía saberlo, aunque de vez en cuando giraba su dulce cuello para ver quién le estaba disparando balas de intención por la retaguardia. Yo, en ese momento, desviaba mi recortada hacia otros terrenos para no descubrirme ante el ansiado enemigo. Cuando volvíamos a nuestra posición natural, desde atrás, sólo podía verle dos cosas: su pelo rubio en una doble capa perfectamente enlazada, brillante y sano, dando clases de elegancia a quien no supiera qué coño era eso; y sus delicadas manos, una sobre otra, como hermanas que sólo se separaban para volver a unirse. Es curioso, pero de espaldas, cualquier persona recuerda a aquella que no puedes quitarte de la cabeza.

 

Le podría haber dicho tantas cosas… Mil veces tartamudeé antes de decir nada. Un millón de frases con intención, novecientas mil que asustaban, cincuenta mil que me presentaban como uno más y el resto eran sonidos guturales sin sentido. Errores del cerebro. Da tanto miedo que la sinceridad asuste, que asusta que dé miedo lo que realmente quieres decir. Y te lo callas con la excusa de que tus palabras pueden hacer daño cuando realmente en lo que estás pensando es en que puedan descubrirte.  Qué fácil era, hostias: “Ehhh, hola, ehhh… no sé, no he podido soportarlo más, ¿quién diablos te ha traído aquí?…” Entonces, ella hubiera vomitado mientras corría hacia su casa, claro.

 

Pero no. Todo siguió igual: un saco de intenciones vacío, una mirada furtiva y decadente, un contacto inexistente aunque deseado y sólo la sensación de que cualquier cosa era poco, aunque realmente, cualquier cosa hubiera sido mucho. Y, nada, últimos aplausos in crescendo en los que vuelvo a llegar tarde y en los que, evidentemente, vuelvo a quedarme solo. Y, tras la foto de familia en la que salgo mirando de reojo, todos nos levantamos aliviados suspirando. Ya pasó. Entonces, ella, ya de pie, se gira lentamente como en un vals eterno y me mira a los ojos a su llegada, aunque noto que me recorre todo el cuerpo, mientras yo le descubro la cara mil veces imaginada por primera vez. Me derrito… Se parece tanto…. Ahora es el momento. No va a haber otro. No la vas a volver a ver en tu puta vida. Hazlo, joder, ¡hazlo!: “Ehhh…, hasta luego…”. Ella, sonriendo de forma diplomática, como si toda la sala estuviera observándola: “Hasta luego”.

 

Ahora, cuando uno aún es joven y puede permitirse el lujo de soñar, pienso si ella, cuando se daba la vuelta, pensaba exactamente lo mismo que yo. Si en los intervalos en que no miraba hacia atrás, iba descartando formas de entrar en mi vida por parecerle lo que siempre parecen, ridículas… Es más, lo que realmente creo es que, seguramente, el resto de la sala aplaudía después de los discursos porque la persona de delante, la que estaba a un solo metro de distancia, y a la que sólo podían verle las manos, también lo hacía. Y, al final, cuando se podía haber producido el mayor acto de amor de la historia de la humanidad, todo el mundo se levantó, se miraron durante un instante y dijeron “Hasta luego”.

 

5月6日

Día tras día

No sé si alguno de ustedes tiene algún hábito diario antes de irse a la cama. No sé si rezan a Dios por educación, si escuchan su disco de cabecera para dormirse con la sensación del deber cumplido, si se drogan, ya sea de manera oral o intravenosa, para quedarse fritos sin preguntar porqué o, bien, si leen unas cuantas líneas (no más, claro) de la novela pornográfica que tienen bajo los calcetines en el tercer cajón de su mesita de noche con la única intención de despedirse con una sonrisa. No sé lo que hacen. No tengo la más remota idea, pero, si no les importa, les contaré lo que hago yo.

 

Yo, después de hablar un rato con Dios, escuchar el álbum de mi vida, drogarme (intravenosa, sí) y leer 45 palabras antes de salirme de mí mismo de mi ejemplar de bolsillo “Bajo la cama me pongo más caliente”,  intento pensar en el día que acabo de padecer, que por costumbre suele ser una imitación burda y decadente de los anteriores. Será por el insomnio constante que me persigue, pero, últimamente, me entretengo intentando poner en orden, dentro de mi escala de valores, los hechos que han acontecido en las últimas horas y, como mi memoria es bastante caprichosa, seleccionar los pocos momentos salvables con los que puedo soñar esa noche o las sucesivas cuando esos instantes con gracia desaparezcan.

 

 La cuestión, y esto ya comienza a ser preocupante, es que siempre, incluso en el día en el que cobro la nómina a final de mes y visito a Victoria, la que trabaja en el club y que, después de unos meses, ya me llama por mi nombre cuando se sienta encima mia, lo único que merece la pena cada noche, después de todo lo sufrido, sueles ser sólo y exclusivamente TÚ. Sin excepción. Y no sólo lo mejor, sino lo único que recuerdo con claridad, lo único de lo que puedo sacar detalles brillantes y sonoros, lo único que puedo dibujar en mi mente sin necesidad de contextualizarlo. Pero es que, después de tanto tiempo, me he dado cuenta de que, en realidad, tú eres todos mis días.

 

Y, en ese momento, rodeado por una Biblia con los picos doblados, mi discman con pilas recargables, una jeringuilla gastada de color rosa y una novela manchada aleatoriamente, antes de cerrar los ojos inútilmente para pasar el rato, sólo puedo recordar, mientras suspiro echándote de menos, tu  exasperante inocencia barata vestida de domingo pidiendo la compañía de sus amigas; tus punzantes caricias a destiempo cuando ya no las necesitaba, cuando ya me daba igual el dolor; tu incomprensible mirada intensa e interesada cuando te contaba cosas que no me importaban; tus fotos relucientes y calculadas, miradas con despecho, como si te las hubieran hecho por accidente; tu media sonrisa insinuando tristeza después de mirarnos con los ojos cerrados; tu abandono inevitable y aburrido cuando la emoción era lo único que nos quedaba.

 

Y es contigo con quien siempre sueño. Y eres tú a quien siempre oigo aunque sólo me mires a lo lejos. Y eres tú a quien siempre dibujo en el lienzo de la imaginación que me robaste con tu pelo. Y es que, aún no sé porqué te quedaste con mis desechos cuando ya te habías llevado todo lo que interesaba, todo lo que había dentro…

 

No me digan que no es triste… Sí ya lo sé. Es absolutamente desesperante darte la vuelta, aún despierto, y abrazar tu triste y blanda almohada repleta de pelos porque, además de todo lo demás, te estás quedando asquerosamente calvo. Sí. Ya. Lo sé. Me han convencido. Voy a suicidarme.

 

Y lo haré. Ahora mismo. Cerraré los ojos y me quitaré la vida de una puta vez, sin dudarlo, aunque me cuesten los recuerdos, me mataré para terminar mi vida con algo de pelo, para que al menos en la tumba haya una persona con un bonito peinado y no una mierda de pelota de playa sin carácter. Si, lo he decido, me voy a quitar del medio…, al menos hasta que el sol entre por mi ventana y me despierte mañana por mañana.

 

Les parecerá un tópico, pero justo antes de morir cada noche, todo mi día pasa por delante de mis ojos. Lo primero que haré al despertarme será raparme la cabeza.

 

5月2日

Subiendo: un retrato de lo efímero

Recuerdo todo lo que ocurrió aquella noche.

 

Un pequeño desfile ordenado de agua sucia bajaba como una cascada sin fuerzas por el tubo de una cloaca de forma intermitente. En la superficie, varios charcos formaban un compensado dibujo que en ese instante parecía ordenar la calle a su antojo. El asfalto empedrado y húmedo se dejaba pisotear por enésima vez en esa madrugada de casi verano mientras un coche anónimo le pasaba por encima dejando el rastro sonoro de una versión sucia del “Love Me Tender” mezclada con un sabor a motor intoxicado que, sin embargo, era incapaz de quitarle el aroma tan elegante y salvaje que tiene la mítica canción del Rey.

 

Sentados sobre la acera, evitando mirarse a los ojos y comentando sin ganas unos ejercicios garabateados en una descuidada hoja de papel, una pareja de novios recién estrenados perdían su tiempo buscando las palabras adecuadas que hicieran surgir todo lo que necesitaban el uno del otro en ese momento. De repente, una lluvia ficticia provocada por el paso fulminante del coche, empapó literalmente las desnudas piernas de ella. Su sonrisa contagiosa llegó hasta él, que se la devolvió sutilmente, entre dientes, a la vez que, sobre el agua de un charco, empezaban a chapotear sus respectivos pies, pisándoselos suavemente, buscándose el alma los unos en los otros. Ella, calzada con unas chanclas tan violentamente amarillas que parecía que el sol se había encadenado al suelo, puso la mano sobre la de él, tímido con zapatos negros y tristes que suplicaban a gritos algo de luz.

 

Sus enormes y monstruosos dedos comenzaron a juguetear sobre el borde granítico mientras que un ejército de hormigas a la conquista de terrenos desconocidos veía como se oscurecía terriblemente el horizonte. El general, una de las hormigas más valientes que jamás habían existido, aceleró el paso e insistió a sus hombres, ya temerosos y dubitativos, que en el sacrificio y sólo en el sacrificio encontrarían la victoria. En ese momento, y sin solución de continuidad, una serie de apocalípticos temblores hizo que el general, alarmado, ordenara la retirada de las tropas a través de la cordillera pantanosa, cuando un desprendimiento de  varias rocas de gran tamaño se precipitó sobre las filas de soldados aniquilando brutalmente a todo el pelotón y dejando a sus familias desoladas, llorando la muerte de sus héroes.

 

Sobre la acera, tras varios movientos sutiles y algunos gestos suaves y cariñosos, los novios terminaron uniendo sus cuerpos en uno sólo a través de un espontáneo beso. Después de la masacre provocada por su amor, se levantaron, cogieron sus mochilas y, olvidando junto al campo de exterminio la hoja de papel con los apuntes, se alejaron calle arriba cogidos de la mano para siempre. Tres días después se habían olvidado el uno del otro.

 

Un poco de viento, parecido a una brisa marina de esas que cambian la cara, hizo que el papel arrugado con integrales borrosas se empeñara en hacer garabatos en el aire. Un perro viejo extremadamente delgado y sin apenas fuerzas para ladrar hacía el intento inútil de seguirlo mientras cojeaba de una de sus patas traseras. El viento se detuvo y el papel murió junto a una botella de vino medio vacía que yacía en mitad de la acera. Mientras el perro intentaba destrozar sin éxito el papel con sus gastados colmillos, sentado en un banco, un hombre envejecido de unos cincuenta años y con barba de varios días cogía la botella del suelo para dar buena cuenta de ella. Sus facciones exageradas y sus ojos brillantemente azules destacaban en la noche por encima del vino sangriento que se le salía torpemente por la comisura de los labios, como si su cuerpo no pudiera soportar tragar más líquido. Lo bebía sin beberlo. Las gotas intensamente rojas caían junto al perro que, olvidándose del papel, las lamía con gusto haciendo valer una importante lección de su amo: el vino no daba problemas.

 

El hombre, antes de desplomarse sobre el banco entre el sueño doloroso y el infierno más dulce, se arrancó con los dientes el triste anillo oxidado que coronaba su dedo anular y lo escupió dentro de la botella vacía para arrojarla lejos de su alcance pudiendo observar satisfactoriamente como el vidrio se partía en mil pedazos bajo una farola vigilante creando un atractivo mosaico de luces reflejado en la pared. Luego pudo descansar para siempre mirando su efímero dibujo mientras se dormía sin cerrar los párpados, con los ojos inyectados en sangre. 

 

El estallido asustó a dos pájaros que, escondidos tras las ramas de un incipiente arbusto, llevaban horas mirándose sin moverse, sin emitir ningún sonido. En su campo visual nada se interponía. Su comunicación era tan directa y real que sentían que todo el universo empezaba en uno y acababa en el otro. Incluso habían llegado a olvidar quiénes eran y de dónde venían, dejando de lado a sus familias, su trabajo, sus sueños, sus obsesiones y temores, hasta que el estruendo del vidrio estallando contra el suelo rompió la magia del momento, partiendo en mil pedazos la complicidad conseguida.

 

Uno de ellos huyó hacia el cielo para apoyarse en una cornisa junto a una ventana donde dos personas hacían el amor sin mirarse a la cara, como todos los sábados. Con el ritmo cansino de siempre, después de ver el programa de la tele junto a sus dos hijos pequeños, se tumbaban en la cama para imitarse a sí mismos semana tras semana. A ella le molestaba su barba y a él su aliento agrio, pero preferían no fastidiarse mutuamente. Habían llegado a un punto en el que se lo soportaban todo sin que les afectara lo más mínimo, haciendo aceptables cosas que en otros tiempos no podrían haber soportado. Cada uno pensando en sus cosas, sudorosos y con movimientos mecánicos prediseñados, cumplían un compromiso ineludible que había que solventar lo antes posible mientras oían el informativo de la radio…, elecciones en países lejanos que no sabían ni donde estaban, peleas en campos de fútbol que no les importaban, atentados terroristas contra personas que no significaban nada...  Ya.

 

El pájaro, aburrido, echó a volar decidido a recuperar su antigua vida y se perdió entre la multitud de espectantes estrellas, dejándole un último sonido a su valiente ex alma gemela que seguía esperándole sobre la rama que una vez compartieron, sabiendo que, aunque no hubiera significado nada, ese cruce de miradas les marcaría de por vida.

 

Su triste vuelo hacia ninguna parte llamó tu atención. Desde nuestra azotea lo viste fundirse en la noche y sonreiste. Tumbados sobre dos toallas idénticas, asistíamos a la visión de una imaginada estrella fugaz mientras la ciudad descansaba ignorante y aburrida. Nos sentíamos como si fuésemos los únicos que estaban viviendo un momento mágico de verdad, de esos que sólo pasan cada cientos de años. Eran las tres de la mañana de hace mucho tiempo y hablábamos de cosas que ya se me han olvidado por completo.

 

4月30日

Quiero sonreír cuando me haces llorar

Cuando el silencio se oye más que el ruido,
Sólo oigo lo que no dices.
Me veo a mí mismo gritando sin hablar.
Escribiendo sin que nadie sepa leer,
En sitios donde nadie quiere estar,
Descubriendo que no tengo a quien temer.
No puedo ser yo cuando sólo estoy yo…
Quiero sonreír cuando me haces llorar.


Cuando los susurros se oyen más que los gritos,
Ninguno se deja perder.
Ambos queremos ganar.
Y hablas para que nadie te oiga.
Sólo puedo hacerlo yo…
Que oigo todo lo que piensas,
Todo lo que quieres,
Todo lo que inventas,
Cada uno de tus sueños.
Cada uno de tus miedos.
A veces me gustaría no escuchar.
Ser uno más.
Ser yo cuando sólo estás tú…
Quiero sonreír cuando me haces llorar.


 

4月25日

Donde las calles no tienen nombre

Y es en ese momento cuando te das cuenta. Caminas tenso mirando de un lado para otro como si te estuviera amenazando un francotirador con conciencia de francotirador mientras buscas algo que se parezca a lo que intentas encontrar. El tiempo se acaba rápidamente, piensas que no hay nadie que te pueda ayudar en un radio de, al menos, quinientos mil kilómetros y sabes a ciencia cierta que en algunas de las doce calles que conforman este supermercado debe haber un lugar con doscientos kilos de sal escondiéndose de ti. Y, joder, tú sólo quieres un paquete de sal fina antes de que lleguen las dos (pe eme). Sí, todo por diez céntimos. Diez céntimos sin los cuales no hay quien coma hoy. Supongo que por eso algo tan fundamental es tan barato. Por el mérito que supone encontrarlo.

 

Chucherías. Dulces. Bebidas. Como siempre, sólo conoces lo que te interesa pero no lo que necesitas. Y en ese momento de desesperación infinita, cuando has pasado por la calle de las galletas cincuenta y siete veces y, en todas y cada una de ellas, has visto a una señora dudando hasta el final entre las María y las Oreo, te das cuenta de una manera demoledora que estás de mierda hasta el cuello. Como si te dispararan en el costado y te atravesaran el riñón de lado a lado, te das cuenta de que estás  irremediable y absolutamente enamorado. ¿Por qué? Porque incluso ahora, en las últimas bocanadas de la situación más absurda de la historia (que, por cierto, suelen darse casi siempre en los supermercados), con cincuenta céntimos en el bolsillo divididos en 8 monedas, con la cara sin lavar y una hambre insoportable que va conquistando tu cuerpo cada segundo mientras escuchas como las puertas se cierran dejando claro que todo se acaba, no dejas de pensar en ella ni un solo segundo.

 

Ya ves. La imaginas sonriendo y se te quitan las ganas de vivir. “Ojalá estuviera aquí conmigo… Seguro que ella sabría dónde está la puta sal”.

 

 

4月24日

Esto va de mal en peor...

Pronto nos quedaremos solos, a oscuras, y las paredes de la casa sólo reflejarán nuestro desnudo...

 

 

4月18日

Mad Max

Hoy les quiero invitar a imaginar. Sí, pero no se me disparen que ya veo a más de uno sacando los guantes de cuero con los pantalones bajados. Concéntrense. Sólo les pido un segundo.

 

Hoy les quiero invitar a que imaginen conmigo una catástrofe de proporciones históricas que les despojaría de todo en lo que creen, de todo por lo que luchan e incluso les libraría de la responsabilidad de contribuir a hacer del mundo un lugar mejor. Dejemos de lado, por un momento, los sueños sobre momentos felices y utópicos que den sentido a nuestras vidas, momentos en los que por fin se nos valore como personas inteligentes y trabajadoras capaces de sentir algo más que hambre y sueño. Venga, hombre, despierten y piensen en algo que tenga alguna probabilidad de ocurrir.

 

Hoy les invito a que imaginen, durante un segundo, lo más terrible que pueda sucederles en un momento dado sin comerlo ni beberlo, prácticamente sin enterarse, sin que tengan opción ni la posibilidad de intervención y, lo mejor de todo, sin que puedan sentirse culpables y, de esta forma, les sea imposible poder redimirse hagan lo que hagan, sean como sean y tengan lo que tengan.

 

Si me lo permiten, les contaré lo que se me ha ocurrido a mí:

 

Veo sus ojos sonriendo a intervalos y, aunque podría seguirlos, me cuesta mantenerle la mirada. Siempre puedo ocultarme bajo el manto del que no sabe bailar y mirarme los pies con la excusa de no perderme.

 

Miro por la ventana. No se ve nada. Es de noche y me he dado cuenta de que es un desastre en la cocina. No sabe comer sin mancharse. Siento vergüenza ajena cada vez que tengo que señalarme la boca para que ella se limpie la suya... No me importa. Quiero cenar con ella todas las noches. Quiero despertarme con ella todas las mañanas. Quiero estar con ella para siempre, bailando como ahora. Quiero seguir mirándome los pies aunque aprenda a bailar porque eso significará que su mirada sigue pesándome dentro, que la sigo sintiendo incluso cuando sólo la imagino. Quiero que esta mierda de canción gritada por Tina Turner de forma aterradora no acabe nunca…

 

Al terminar la insoportable manifestación pop, estoy tan cerca de ella que sólo me queda miedo. Todo lo demás es suyo. Tiemblo tan visiblemente que noto como sus pupilas se mueven a mi ritmo. Me mira la boca. Un segundo. Menos. `Lo siento. Estoy con Roberto´ ¡¡¡¿¿¿Cómo???!!!!  `ÉL ES QUIEN ME HACE FELIZ´.

 

En ese momento, se oye una explosión de dimensiones inexplicables. La retransmisión de la radio se corta bruscamente y alguien con la voz enlatada pronuncia con un acento extraño e irreconocible que acaba de conquistar el planeta, que todo y todos somos suyos y, aunque no domine nuestros actos, si gobierna nuestros destinos. Por la ventana aparece un rayo de luz que apaga la noche en una apocalíptica luminosidad. Todo está claro, no somos nadie, no tenemos nada y no hay salida. ¿Adónde van todos corriendo? ¿Adónde cojones creen que van a llegar?

 

Años después, bajo una cegadora luz fosforescente, estaremos picando piedra en una galería subterránea tan profunda que jamás volveremos a ver el sol. Lo habremos olvidado todo. No volveremos a sonreír y nos miraremos unos a otros sin reconocernos mientras esperamos a que Mel Gibson aparezca para salvarnos…

 

 

4月16日

El uno para el otro

Inglaterra, 1942.

 

Ella era una puta de contrastes. Analfabeta cúbica y con un espíritu sadomaso bastante desarrollado, se negaba a trabajar los domingos para ir a misa a tomar su comunión a la vez que pedía consejo al obispo sobre su futuro y saludaba a todas las personas que conocía con un gesto cortés mientras rezaba el Ave María. Las mujeres se horrorizaban al ver cómo sonreía a sus maridos.

 

Él era un marqués inglés de renombre, respetado y admirado por las más altas esferas del país y situado en el puesto trigésimo octavo en la línea sucesoria a la corona británica. Y, aunque tenía unos modales exquisitos, una voz baja casi imperceptible y una sonrisa inofensiva, desde su adolescencia le obsesionaba follarse por detrás a cualquiera que no durmiera con él en la misma cama. 

 

Ahora que están casados, ella ha aprendido a leer y niega enérgicamente la existencia de Dios mientras él ha dejado de follársela y busca desesperadamente nuevas alternativas. No pueden soportar girarse en mitad de la noche y ver que el otro continúa allí. Ella se ha vuelto frígida y él no consigue empalmarse.

 

 

4月13日

carta a una desconocida

En junio se cumplirá una década desde la primera vez que me sentí
completamente desmontado. Pieza a pieza. Unas manos de niña con un destornillador de juguete alejaron las piernas de mi cuerpo para que no pudiera huir, colgaron mis brazos de un tendedero para que por fin se secaran y llenaron mi tronco de pequeñas piedras para que todo lo rápido no lo fuera tanto, para que todo discurriera a velocidad de miel y, así, poder disfrutar del sabor del tiempo… Y es que las cosas no paran de ocurrir...

Y con los años, cuando todo a lo que uno puede agarrarse para mantenerse despierto ha desaparecido, se entretiene en tejer pesadillas que dan sentido a lo que vive y llega a la deseperanzadora conclusión de que, si en una vida intensa y completa, envidiada y ejemplar, sólo se pueden salvar un par de momentos que realmente merecieron la pena, que nos marcaron de por vida y nos hicieron sentir la felicidad como algo justo… ¿Qué ocurre si a los veintipocos años ya has vivido todos esos momentos? ¿Qué nos queda a partir de ahí? ¿La esperanza de que lo mejor está aún por llegar?

 

De todas formas, tú fuiste uno de esos momentos. UNO DE MIS MOMENTOS.