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9月20日

Un banco en el parque

Parece mentira que a estas alturas, después de millones de años de historia, de evoluciones lentas y tortuosas, de guerras interminables sin ganadores confesables, de siglos de oro enriquecedores pero dolorosos, de renacimientos reveladores aunque redundantes, de revoluciones destructivas e imprescindibles y de mucho (aunque nunca suficiente) rock’n roll, aún no nos hayamos percatado de que eso a lo que llamamos “recuerdos” es, en muchos casos, una artimaña creada por nuestro subconsciente para tenernos atados a algo de lo que hace ya bastante tiempo que no disfrutamos y que, incluso, nos suele hacer sufrir por costumbre. No creo que estén de acuerdo conmigo, pero tengo la absurda teoría de que cada vez que nos ponemos a recordar algo es porque en el momento en que estamos recordándolo no somos tan felices como querríamos serlo. O al menos como recordamos que lo fuimos… Qué rápido olvidamos lo inolvidable cuando encontramos alternativas, ¿eh? Es así de duro. Cuando se está realmente completo, no nos hace falta el pasado para nada. 
 
El ser humano suele valorar estos hechos de forma muy dispar aunque, analizando el tema superficialmente (como siempre hago, aquí donde me ven soy una persona ocupada), existen dos grandes divisiones en la humanidad respecto a la forma de evaluar acontecimientos pasados: por un lado tenemos a los que achacan todos estos sucesos al destino, a la providencia o al buen hacer de Dios para colocar a cada uno en su sitio y, por otro lado, tenemos a los que simplemente creen que las cosas pasan porque sí y punto, sin intervención de nada ni de nadie. Mi padre siempre procuró enseñarme, y creo que con éxito, que las posturas referentes a cualquier tema no son blancas ni negras, sino que hay bastante terreno en degradado entre ambas zonas. Yo por mi cuenta llegué a la conclusión hace algunos años de que el radicalismo en cualquier campo o tema de conversación (sobretodo en política) hace que la persona pierda credibilidad y, lo que es peor, objetividad ante los sucesos que le rodean. Mi opinión hoy día parte de una idea muy básica, casi primitiva: No existen certezas de ningún tipo. Hay que aceptarlo todo.  Todo y nada a la vez. Hay que creerse todas las conjeturas que te cuenten pero sin convertir en dogma ninguna de ellas. Sinceramente pienso que ambas posturas son igual de necesarias: si eres de los primeros serás tildado de soñador, de no tener los pies en el suelo, de perder toda tu vida esperando un choque del destino que te coloque en la senda que realmente te lleve donde se supone que quieres llegar, y si eres de los segundos serás un soldado de la pragmática elevada a la máxima potencia con un futuro hipotecado por lo que decidiste cuando contabas con 16 añitos y no tenías ni puta idea de qué iba todo esto.
 
No sé qué pensarán, pero últimamente yo me inclino a creer que las cosas son lo que son y ocurren cuando ocurren, simplemente, y que el mayor don que tiene el ser humano, el único regalo innato que nos ha hecho sea quien sea el que nos haya puesto aquí, es poder adjetivar las cosas que nos ocurren dándole el tono que más nos convenga para alcanzar cierto nivel de auto aceptación que, aunque no lo parezca, es un logro bastante considerable. Y, aplicándome el cuento, señoras y señores, he decidido que, a partir de ahora, utilizaré este gran don en beneficio propio siendo yo el que tiña el color de las cosas que me pasan y no al revés. 
 
Y, para explicarles esto, les voy a hablar de mí. Sin paliativos, hipérboles ni parodias de ningún tipo. Sin metáforas ni cuentos absurdos. Voy a hablarles de mí desde la sinceridad más absoluta que conozco, esa que bulle de las entrañas sin pedir permiso. Les voy a contar algo que me ocurrió hace unos días y que me ha hecho pensar en todo esto:
 
Hoy he vuelto a pasar por allí. Por accidente. Lo prometo. Estaba divagando, pensando en mis cosas, paseando con los ojos cerrados y cuando me di cuenta, había llegado a un típico parque urbano. Pero no uno cualquiera, sino ese que, por mucho que intente separarlo de mi sensibilidad, forma parte de la historia de mi existencia sin que nadie le haya guardado un sitio. Seguro que conocen cientos parecidos: una pequeña plaza con una zona pobremente ajardinada y unos cuantos bancos de un metal horrible que la rodean otorgándole al conjunto un equilibrio bastante perfeccionable (y aburrido). La cuestión es que, en uno de esos grotescos bancos, he pasado varios de los mejores momentos de mi vida. En ese banco me he sentido deseado, comprendido, amado, eléctrico…, completo. En ese banco he aceptado el cielo como algo propio reservado sólo para mí, como una finca que había heredado de alguien que creía que yo era digno de poseerla. En ese banco he paseado atravesando galaxias de empatía hasta llegar al punto de no saber diferenciar las estrellas de sus ojos. Los de ella, claro. En él he sobrevolado, sonriendo pícaramente, ciudades de envidia que clamaban a gritos que se les devolviera su felicidad. Se habían despertado una mañana y ya no la tenían. Es lo que suele pasar cuando la has robado toda para ti y te entretienes fabricando un pastel de dimensiones gigantes para los dos únicos invitados a la fiesta… Y, aún así, de felicidad siempre te quedas con hambre, ¿verdad? 
 
Hoy, cuando por accidente he vuelto a pasar por ese parque y he mirado donde siempre miro, he descubierto, con la boca abierta, que el banco ha… desaparecido. Se lo han llevado. Lo han destrozado. Lo han robado. Yo que sé. Sólo quedan los tornillos que una vez lo ataron al suelo. Es demasiado extraño para ser cierto, pero todos los demás bancos siguen allí, en el mismo sitio, con el aspecto decadente de siempre. Sólo falta el que una vez fue mío. El que ya había aceptado como parte de mi esencia y de mis sueños. Es como si me hubieran arrancado parte de mi memoria. 
 
En ese momento, mi alma y mi mente, fundidos en un solo órgano sin nombre me gritaban sin darme un respiro que todo eso podía ser perfectamente una casualidad, que precisamente hacía unos días había pasado un camión y se había llevado por delante al banco en un accidente catastrófico que casi acaba con la vida del conductor, pero no era así. No lo era en absoluto. En ese momento de delirio emocional, yo sabía que todo eso era una advertencia con mayúsculas y con acento en todas las vocales. ÁD-VÉR-TÉN-CÍÁ. Era una bofetada que te despierta de una larga
hibernación, mitad sueño, mitad pesadilla. Ese banco/barco había partido del puerto y no iba volver, esa historia había acabado sin remedio. Ya era hora de dejarla atrás y pasar página. Ese hecho puntual, sin conexión alguna conmigo, mi cerebro acababa de transformarlo en una de las decisiones más importantes de mi vida. Acababa de decidir que yo sería el único que llenara los hechos de sentido, que yo sería el que aprovecharía las oportunidades, aunque esas oportunidades ni siquiera existieran. Sería capaz de pintar todo un accidente de esperanza si eso fuera lo que en ese momento me pidiera el cuerpo. Sería capaz de borrar señales fosforescentes procedentes del mismísimo Dios si eso fuera lo que me hiciera sonreír. Yo decidiría mi futuro, mis pasos, mis sueños, incluso mis errores. ¡Sí, joder, sólo tendré errores cuando necesite tenerlos! Y así, las últimas palabras
que recuerdo antes de que mi mente y mi alma se separaran para siempre fueron “Tendrás que buscarte otro banco, cariño”. Y yo, señoras y señores, encantado de la vida. 
 
Tiene su gracia, pero después de haberme quitado uno de los pesos más demoledores y desesperantes que me han perseguido durante el último año y medio, me puse a imaginar como, en un día no muy lejano, volvería a pasar por ese parque y ya no quedaría ni un solo banco. Ninguno. Y al poco tiempo, ya no quedaría ni el asqueroso jardín del centro y ese terreno pasaría a convertirse en una especie de zona cero sin alma ni memoria. Un agujero negro en el mapa, sin nombre ni dirección. Entonces, imaginé a miles de personas exhaustas, respirando un aire contaminado, caminando por las calles de una gran ciudad sin rumbo exacto con la única intención de encontrar algún sitio donde sentarse. Un sitio donde por fin dejaran de torturarse recordando algo que ya no existía puesto que, justo en el momento en que posaran sus lindos traseros sobre una superficie de metal fría y llena de agujeritos con formas ridículas, el pasado ya no les haría falta para nada. Ni para saber quienes eran.